17 DE ENERO DEL 2026

Mitología en ruinas
El poder de los símbolos y el peligro de la irreverencia permanente

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Siempre me ha fascinado el mito del héroe entendido desde la mirada de Joseph Campbell. Esa idea de que el héroe es un patrón recurrente, una estructura que atraviesa civilizaciones, cambia de nombre y de vestuario, pero no de función. Aquiles, Odín, Jesús, Sigfrido… y, en clave moderna, Superman, Batman o Wonder Woman. Distintos rostros, el mismo pulso arquetípico: el individuo que carga con un peso mayor que él y regresa transformado para devolver algo a su comunidad. Esa continuidad no es un capricho intelectual: es una prueba de que el mito cumple un papel vital. Y cuando ese papel se debilita—cuando los símbolos se trivializan y la narrativa se reduce a mercancía rápida—lo que se degrada no es solo una franquicia: se degrada la capacidad cultural de sostener ideales.

Y sí, disfruto el entretenimiento como cualquiera. El cine y el arte narrativo en todas sus formas: películas, series, cómics, literatura. Los personajes y las historias no existen “porque sí”: existen porque responden a una necesidad humana profunda. Un héroe no es solo un diseño con capa; es una respuesta simbólica. Un mito no es una fantasía antigua; es una forma de pensar, de ordenar el mundo, de transmitir valores, miedos y aspiraciones. Por eso las historias de superhéroes y las de héroes milenarios me interesan más allá del espectáculo: por su contenido filosófico y por su impacto cultural, social y antropológico.

Pero vivimos un fenómeno nuevo: las redes sociales. Estas democratizaron la voz, pero también la superficialidad. Hoy cualquiera puede opinar de todo en segundos, y lo normal es cruzarse con opiniones tontas o impulsivas; eso no sorprende a nadie. Lo delicado es otra cosa: la idea de que cualquier opinión, por el simple hecho de existir y hacerse viral, debe pesar lo mismo que un análisis trabajado. No es elitismo decirlo; es una defensa mínima del criterio. Porque si la conversación cultural se rige por volumen y no por comprensión, terminamos en un mundo donde el meme sustituye al símbolo, la ocurrencia reemplaza al pensamiento, y lo que antes inspiraba se vuelve parodia. Este ensayo nace exactamente ahí: en la necesidad de hablar del poder de los mitos y de lo que perdemos—como individuos y como civilización—cuando dejamos que nuestros héroes se conviertan en chistes.

No hay civilización sin mito. Antes de que existieran códigos legales, ministerios, universidades o redes sociales, ya existían historias que hacían lo imposible: convertir el caos de la vida en un mapa habitable. El mito no es una mentira antigua; es una verdad emocional contada con símbolos. Es el lenguaje con el que una cultura se habla a sí misma cuando necesita recordar quién es, qué honra, qué teme, qué está dispuesta a sacrificar… y qué tipo de ser humano quiere producir.

Joseph Campbell lo entendió con una claridad brutal: los mitos son nuestras instrucciones espirituales y psicológicas, el manual no escrito que atraviesa generaciones. Por eso los nombres cambian, pero las figuras se repiten. Aquiles, Odín, Jesús, Sigfrido, Juana de Arco… y, en una versión moderna y eléctrica, Superman, Batman, Wonder Woman. No son “personajes” en el sentido banal; son recipientes arquetípicos. Encarnan el héroe que se levanta, el dios que muere y renace, el justo que carga con el mundo, el guerrero que paga un precio, el protector que decide no convertirse en monstruo. En cada era, la sociedad reescribe sus dioses con la tinta que tiene a mano: en piedra, en pergamino, en vitrales… o en viñetas y pantalla grande.

Y precisamente porque el mito es serio —porque sostiene la arquitectura interna de un pueblo— su degradación no es un chiste inocente. Cuando una cultura empieza a tratar sus símbolos como basura, no solo se ríe de un personaje: se ríe de su propia brújula. El día en que el héroe deja de ser faro y se convierte en meme, no es solo el cine el que cambia de tono: es el alma colectiva la que empieza a hablar en diminutivo. Este ensayo nace de esa sospecha incómoda: que estamos presenciando una guerra silenciosa, no por “entretenimiento”, sino por el centro simbólico que mantiene en pie nuestra imaginación moral. Porque al final, una civilización no cae solo por falta de pan; cae cuando ya no recuerda por qué vale la pena levantarse.

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La mitología no es un simple “cuento viejo”. Es más que una herramienta humana para fabricar sentido compartido. Antes de que existieran constituciones, sistemas escolares o medios masivos, los pueblos se levantaban alrededor de historias que funcionaban como brújula: quiénes somos, qué admiramos, qué tememos, qué estamos dispuestos a sacrificar, y qué tipo de futuro merece la pena.

En ese sentido, una mitología es un mapa emocional y moral. No solo describe el mundo: lo ordena. Le da forma a la experiencia humana más básica —nacer, perder, amar, fallar, morir— y la convierte en relato. Y un relato común crea algo que ninguna cifra logra por sí sola: cohesión. Cuando una comunidad comparte símbolos, comparte lenguaje interior: palabras para el honor, la traición, la esperanza, la culpa, el perdón. Por eso la mitología “levanta civilizaciones”: no porque sea propaganda, sino porque es el pegamento invisible que hace posible la confianza, el deber y la visión de largo plazo.

Los héroes mitológicos —sean Aquiles, Sigfrido, Juana de Arco o Superman— cumplen una función específica: encarnan ideales. No son perfectos; son intensos. La exageración del mito no es un error, es el mecanismo. El héroe, al ser “más grande que la vida”, vuelve visible lo que en la vida cotidiana suele ser difuso: el valor, la compasión, la disciplina, la renuncia, la responsabilidad. El mito hace de espejo y de faro: “esto podrías ser” y “esto conviene defender”.

El héroe profanado: el precio cultural de convertir el mito en parodia

En los últimos años, se ha vuelto recurrente en el cine el despojar a los héroes de su mito y convertirlo en parodia. No es un simple cambio de tono: es una operación cultural de tendencia posmodernista. Es cierto que la parodia tiene lugar y es necesaria; el humor puede desinflar dogmas, curar idolatrías, evitar que el símbolo se vuelva tiranía. Pero la parodia constante produce un efecto colateral: vuelve todo trivial. Y cuando todo se vuelve trivial, su simbolismo ya no tiene sentido. Si el héroe deja de representar un ideal y se vuele un chiste, el público deja de apreciarlo: no existe nada qué valga respeto; solo mercancía para reírse un rato.

Ahí aparece lo contraproducente. Una cultura puede sobrevivir con conflictos, con contradicciones, incluso con pobreza; pero se desangra cuando pierde la capacidad de venerar algo (venerar en el sentido humano: reconocer valor superior, no arrodillarse). La ironía permanente, convertida en estilo dominante, es corrosiva: no propone un nuevo símbolo; solo derriba los anteriores. Y cuando tumbas un templo, aunque sea un templo pop, no te queda una casa mejor: te queda un solar. Ese “solar” lo llena lo que sea más fácil: cinismo, tribalismo, consumo, nostalgia rabiosa o fanatismos de reemplazo.

Lo más delicado es que el mito no desaparece: se muda. Si vacías a los héroes de significado, la necesidad mítica buscará otro recipiente. A veces lo encuentra en celebridades, en ideologías, en movimientos, en marcas, en identidades cerradas. Y esos sustitutos suelen ser más frágiles, más reactivos y más fáciles de manipular. El resultado no es “madurez”, sino una adolescencia cultural prolongada: mucha burla, poca construcción; mucha respuesta inmediata.

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La salida no es volver a una solemnidad de museo ni prohibir el chiste. La salida es recuperar el equilibrio: permitir reinterpretaciones, sí, pero sin destruir el núcleo vital del símbolo. Un héroe puede ser humano sin ser humillado. Puede ser complejo sin ser reducido a meme. Puede tener grietas sin perder su función: recordarnos que la grandeza no es perfección, sino responsabilidad sostenida.

Porque al final, lo que levanta naciones no son únicamente carreteras, ejércitos o economías. Eso organiza el cuerpo. Lo que organiza el alma colectiva son historias que enseñan a millones de personas —sin ponerse de acuerdo— a mirar hacia la misma dirección. Cuando esas historias se vuelven pura parodia, la dirección se pierde. Y una civilización sin dirección puede seguir moviéndose… pero ya no sabe hacia dónde va.

Una nación no se sostiene solo con economía, leyes o fuerza: se sostiene con símbolos. Los símbolos son el idioma emocional de una civilización: condensan en una imagen lo que sería demasiado largo explicar con discursos. Por eso son tan peligrosos… y tan necesarios. En V for Vendetta se dice algo que funciona como ley antropológica: “Los símbolos reciben poder de la gente. Solos, no significan nada…” Dicho de otro modo: el símbolo es un recipiente; la comunidad es el fuego. Cuando una cultura comparte símbolos fuertes, comparte un centro de gravedad.

Ahí entra una idea clave: el mito es el sistema operativo invisible de una sociedad. Campbell lo resumía con una frase famosa: “Los mitos son sueños públicos; los sueños son mitos privados.”. El símbolo convierte el caos de lo vivido en una forma que orienta. Por eso, despojar a una comunidad de símbolos no la “libera”: la desorienta, la deja sin brújula común. No es casual que los grandes movimientos —para bien o para mal— siempre entiendan la batalla simbólica: quién controla la bandera, el relato, el himno, la imagen del héroe o del mártir.

Un ejemplo moderno es la máscara de Guy Fawkes: nació como diseño para el cómic V for Vendetta (David Lloyd) y, tras el libro y la película, terminó convertida en un emblema global de protesta, asociada a Anonymous y múltiples movilizaciones. Y aquí aparece la paradoja: aunque una adaptación cinematográfica no refleje al milímetro la intención política del autor, el símbolo puede emanciparse del texto y volverse útil para miles. Alan Moore lo expresa con potencia: “Bajo esta máscara hay una idea… y las ideas son a prueba de balas.” Esa línea no solo es memorable: explica por qué la represión teme tanto a los signos que unen a la gente.

Lo mismo está pasando —de forma sorprendente— con la bandera de One Piece: el “Jolly Roger” del sombrero de paja ha aparecido en protestas recientes y se ha leído como símbolo de libertad y resistencia contra abusos de poder. Esto demuestra algo esencial: la necesidad simbólica no muere. Si una cultura vacía sus símbolos tradicionales, la energía mítica busca otros recipientes: ficción, superhéroes, iconos pop. El problema no es que surjan nuevos símbolos; el problema es cuando la cultura solo sabe destruir símbolos y ya no sabe consagrar ninguno.

Por eso los gestos contra símbolos tienen un impacto desproporcionado. Derribar la estatua de un tirano puede ser un acto de liberación: no es “solo metal”; es decirle al pueblo “ya no nos arrodillamos”. Pero el mismo mecanismo, aplicado sin sabiduría, puede volverse autodestructivo: profanar banderas, libros sagrados o figuras que encarnan ideales compartidos no “aclara” la sociedad; la fractura, porque ataca la capa que permitía convivir a personas distintas bajo un mismo techo cultural. Es una cirugía sin anestesia: tal vez extirpa un abuso… pero también puede amputar la confianza.

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Y aquí es donde entra la cultura pop como “mitología de masas”. Si aceptamos que nuestros héroes modernos funcionan como símbolos —no por ser perfectos, sino por lo que representan— entonces el modo en que los tratamos importa. La parodia tiene función: puede ser trickster saludable, antídoto contra el fanatismo. Pero cuando el tono paródico se vuelve la norma, el símbolo se degrada: deja de inspirar y solo sirve para consumirlo y descartarlo. Chris Hemsworth lo dijo con dolor al mirar hacia Thor: Love and Thunder: que se dejó llevar por “la improvisación y la locura” y sintió que se volvió “una parodia de sí mismo”. Si el propio rostro del héroe percibe esa erosión, es porque entiende lo que el público siente: el mito pierde densidad.

Esta debacle cultural es hijo del analfabetismo cultural que permea esta generación producto de la inmediatez de las redes como TikTok, que entrenan el cerebro para el recorte, la reacción y el chiste instantáneo; la atención se vuelve una cadena de “golpes” breves, y con ella se degrada la capacidad de leer metáforas, arquetipos y capas de sentido. A la vez, la narrativa se simplifica para que sea “consumible” y viral: las historias dejan de ser herencia y pasan a ser mercancía, contenido desechable optimizado para el algoritmo.

En ese caldo de cultivo, el efecto Dunning–Kruger se dispara: una generación joven que confunde familiaridad con comprensión, y opinión rápida con criterio. Las redes premian la seguridad performativa, no la profundidad; y así nace una ilusión colectiva de superioridad intelectual: si puedo resumirlo en un meme, creo que ya lo dominé. El resultado es una cultura que se ríe de sus símbolos porque ya no sabe leerlos… y al perder ese lenguaje, también pierde el respeto por lo que esos símbolos mantenían en pie.

Hay precedentes claros. Cuando una franquicia cambia de tono y convierte a su figura central en chiste, paga un precio cultural y comercial. Batman & Robin (1997) se volvió un símbolo de exceso camp para muchos críticos; Roger Ebert la calificó como una de las peores experiencias cinematográficas que recordaba, y años después se habló explícitamente de “retorno” y reinvención con Batman Begins tras aquel desgaste. De modo similar, el tramo final de el Superman de Reeve en Superman III y IV fueron mal recibidas y la saga quedó en pausa por décadas. La lección no es “sin humor, no hay héroe”. La lección es: si destruyes el aura simbólica y no la reemplazas con una nueva forma de grandeza, matas el interés y rompes la transmisión cultural del ideal.

Los símbolos no exigen solemnidad permanente; exigen respeto estructural. Puedes humanizar al héroe, discutirlo, complicarlo, incluso reírte con él… pero si lo reduces a un objeto de burla, la cultura pierde una herramienta de orientación. Y una sociedad que ya no sabe respetar nada —ni siquiera sus mejores ficciones— termina quedándose sin lenguaje para lo alto. Puede seguir hablando, sí. Pero habla en bajo: en sarcasmo, en cinismo, en inmediatez. Y cuando llega una crisis real, descubre que se ha quedado sin palabras para lo realmente valeroso. Y solo queda un analfabeto cultural.

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